jueves, octubre 11, 2007



Extraído da conferencia de Gervasio Sánchez "La guerra no es un espectáculo"


(...)-El continente africano produce el 1,1% de la riqueza mundial y apenas participa en el 2% de los intercambios comerciales, perteneciendo la mitad de este porcentaje a un solo país, Sudáfrica.

Más del 50% de su Producto Interior Bruto se destina cada año al pago de una deuda externa asfixiante.
-25 millones de africanos son seropositivos y casi la mitad de los países están devastados por guerras que han provocado el éxodo de millones de personas.
-El 75% de la población vive por debajo del umbral de la pobreza, el 46% de los africanos dispone de menos de un dólar al día para vivir, el 80% no tiene acceso a la energía eléctrica y el 75% no dispone de estructuras higiénicas adecuadas.
-46 millones de niños están sin escolarizar.
-El conjunto de lo países africanos tiene una red de carreteras inferior a la de Polonia y el PIB de toda África es inferior al que tiene España.
-Y lo más grave: casi todos los países subsaharianos están hoy mucho peor que cuando obtuvieron la independencia.


El escritor ugandés Moses Isegawa, autor de una hermosa obra llamada “Crónicas abisinias”, recordaba hace poco en un artículo las declaraciones de Georges Kennan, uno de los estrategas estadounidenses, realizadas en 1948, hace casi sesenta años:

“Tenemos un 50% de la riqueza del mundo pero sólo el 6,3% de su población. Nuestro verdadero trabajo es mantener esa posición de disparidad. Debemos prescindir de todo sentimentalismo, dejar de pensar en los derechos humanos, la mejora del nivel de vida y la democratización”.

El líder keniata Jomo Kenyatat, uno de los padres de la independencia africana, dijo lo mismo con otras palabras:
“Cuando llegaron los blancos, nosotros teníamos las tierras. Ellos trajeron la Biblia y nos enseñaron a rezar con los ojos cerrados. Cuando los abrimos, ellos tenían las tierras y nosotros, la Biblia”.(...)

Habría que añadir que la corrupción, la guerra y la miseria están incentivadas desde Occidente. Son nuestras grandes multinacionales las que provocan la degradación total de la mayoría de los políticos africanos con el objetivo de mantener el control de las materias primas y sus golosos precios en los mercados internacionales. Son nuestros gobiernos los que aprovechan la falta de una legislación transparente para vender armas a países en guerra. Han sido todos los gobiernos españoles desde 1977, año del primer gobierno democrático después de décadas de dictadura, los que han vendido armas a países con conflictos internos.(....)

Odio la guerra y sus consecuencias cada día con más intensidad. Y no me interesan las exclusivas embarradas de sangre. En los momentos más absurdos de la condición humana lo que hay que reivindicar y mostrar es la dignidad.
El espejo cruel de la verdad tiene que ver con la trascendencia de la historia y no con su impacto mediático e inmediato, que acaba reduciendo el sufrimiento a su manifestación más simple y superficial.
Les confieso que yo también sentí una extraña fascinación por la guerra en mi primera experiencia bélica. Al regreso me pavoneaba ante mis amigos de mi valentía y ocultaba los miedos cotidianos que se sienten en las zonas de conflicto.
No pasó mucho tiempo para que entendiera que la guerra no es una aventura ni tiene nada de excitante, que está garantizado el trabajo durante las 24 horas del día y que la única verdad incontestable son las víctimas.
La guerra te amarra al dolor, te golpea por dentro y algo de ti muere para siempre. La guerra también sirve para aprender a amar al Hombre con mayúsculas, al ser humano, sea mujer, niño u hombre, que se defiende con valentía de todas las atrocidades que le rodean.
Cada día estoy más interesado por las posguerras y las consecuencias a largo plazo de los conflictos armados.
Cubrir ese espacio de tiempo es más complicado porque la falta de interés informativo te obliga a trabajar en las tinieblas y debes pelear por un espacio imprescindible que entra en contradicción con los intereses de la mayoría de los medios de comunicación y las promociones de los grandes inversionistas en publicidad.
Vivir entre las víctimas te da otra perspectiva del conflicto porque conoces sus desconsuelos. Muchas veces te encuentras con combatientes y sobre todo con civiles que son incapaces de explicar las causas de las guerras, que mueren o son lisiados por razones incomprensibles.
Sino sufres el dolor, sino sientes el grito de las víctimas, su digno silencio, cómo puedes transmitir con decencia. Hay que ir a la guerra dispuesto a sufrir, a ser herido en el interior. A ser capaz de intermediar entre el dolor y el olvido, el sufrimiento y la banalidad.

Pero “la tele elige quién muere y quién vive”, ha dicho Mike Duffield, experto británico en resolución de conflictos y convierte a los espectadores en “prisioneros de un lenguaje reducido, pobre y limitado”, ha dicho Kapuscinski.
La tecnología juega en contra de la reflexión. Las imágenes, las crónicas escritas, radiofónicas, televisivas llegan al público a gran velocidad, muchas veces en tiempo real, en un directo tantas veces obsceno porque se desvía de la honestidad con la que hay que tratar a los seres humanos que circulan por los campos de batalla, reduciendo a las víctimas a una simple ecuación numérica que se pierde en el habitual desglose de cifras que hacemos de forma cínica durante los aniversarios anuales del Día escolar de la No violencia, del Día internacional para la erradicación de la pobreza, del Día internacional de la abolición de la Esclavitud, del Día mundial de la alimentación, del Día internacional de los niños víctimas de la guerra, del Día de África, del Día mundial de la Salud, del Día internacional de apoyo a las víctimas de la tortura. Y decenas de días más internacionales, mundiales o especiales que conforman un calendario de buenas intenciones sumergido entre declaraciones políticas despreciables y vergonzosas.

En resumidas cuentas, “comprendemos la historia cuando ya es tarde”, como dice un personaje de la película “El hombre de las estrellas”, de Giuseppe Tornatore.
Señoras y señores, queridos amigas y amigos, “la sumisión no es un espectáculo”, “la degradación no es un espectáculo”, “el desconsuelo no es un espectáculo”, “la desazón no es un espectáculo”, “la tristeza no es un espectáculo”.
De verdad, LA GUERRA NO ES UN ESPECTACULO.
Muchas gracias.



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