miércoles, octubre 31, 2007

“(…)¿Y si yo comprase tu Ciudad de la Alegría?
Max estuvo a punto de tragarse un hueso de pollo.
- ¿Te refieres al Slum?
- Exacto. Lo arraso completamente y lo reconstruyo todo de nueva planta, con agua corriente, desagües, electricidad e incluso televisión. Y regalo la vivienda a los habitantes. ¿Que te parece hijo?
Max empezó por vaciar su copa.
- Es una idea genial, papá - dijo por fin-. El único inconveniente s que estamos en Calcuta, no en South Miami ni en el Bronx. Me temo que un proyecto como éste aquí sea difícil de realizar.
- Gastando el dinero necesario, se puede hacer todo- respondió Arthur un poco irritado.
- Seguramente tienes razón. Pero aquí el dinero no basta. Hay que tener en cuenta otros muchos factores muy distintos.
- ¿Por ejemplo?
- Para empezar, ningún extranjero puede comprar bienes inmobiliarios. Es una vieja ley india. Hasta los inglese en el tiempo de su esplendor tuvieron que someterse a ella.
Arthur barrió la objeción de un manotazo.
- Me serviré de testaferros indios. Comprarán el Slum para mí y llegaremos al mismo resultado. Al fin y al cabo, lo que importa es el resultado, ¿no?
Tal vez eran las especies de la cocina o los recuerdos traumáticos de su primera visita a Anand Nagar, pero el cirujano estaba muy excitado. "una obra así tendría un impacto más directo que todos los brumosos proyectos de ayuda a los países subdesarrollados que se discuten en la ONU", terminó diciendo.
- Sin duda -admitió Max con una sonrisa. Pensaba en la cara que pondrían los babúes del gobierno al enterarse de que un sahib norteamericano quería comprar uno de los barrios de chabolas de Calcuta. Pero había una objeción más grave. Desde que él mismo se encontraba sumergido en la miseria del tercer mundo, Max había revisado muchas de sus ideas de rico sobre la manera de resolver los problemas de los pobres. "Cuando llegué al slum", contó, "una de las primera reflexiones que me comunicó Lamber procedía de un obispo brasileño que luchaba al lado de los pobres de los campos y de las favelas. Según este hombre, nuestros gestos de asistencia hacen que los hombres estén aún más desasistidos, excepto si se acompañan de actos destinados a extirpar la raíz de la pobreza".
- ¿O sea que sacarlos de sus tugurios llenos de mierda para instalarlos en viviendas nuevas no serviría de nada? - preguntó Arthur.
Max asintió tristemente con la cabeza.
- Te diré que incluso he descubierto una curiosa verdad - dijo -. En un slum es preferible un explotador a un Papá Noel.- ante el aire estupefacto de su padre, precisó -: un explotador te obliga a reaccionar, mientras que un Papá Noel te desmoviliza. (…)”

LA CIUDAD DE LA ALEGRÍA - Domique Lapierre

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